LA SIESTA


Ligia Minaya.
Denver Colorado.

La vejez y el retiro tienen sus conveniencias y hay que saborearlas, como saboreo el café que me tomo en las mañanas y otro después de dormir mi siestecita.

Un abogado español pidió a la Presidenta de la Comunidad de Madrid que, al igual que la fiesta de los toros, declarara la siesta como un bien de interés cultural, y yo estoy de acuerdo. La siesta, aunque sea por dos minutos, ayuda al alma, a la salud, al buen temperamento que tanta falta nos hace, y después de dormirla nos levantamos como nuevos. Había un tiempo, quizás el de nuestros abuelos, en que la siesta se dormía con pijama, mosquitero y bacinilla debajo de la cama. En ese tiempo no había ruidos, ni nada se movía en la casa. Podía durar media hora, una hora y hasta la tarde entera. Pero ya eso es un pasado que no vuelve.

Ahora, el atareo del trabajo, los horarios seguidos de ocho de la mañana a seis de la tarde, el caos del tránsito, el ruido, y ahora mismo con la campaña política, es imposible la apetecible y saludable siesta. Las nuevas generaciones no saben las delicias que proporciona dejarse llevar por ese sueño, relajarse y hasta soñar con buenas cosas. Al levantarnos, la vida parece florecer de nuevo. Yo, que pertenezco a una generación pasada de moda, si no la duermo, me da una taquicardia que me muero. A veces son solo dos minutos, mientras veo telediario. Pero el resultado es una mujer nueva, con bríos para continuar el día. No sé quién inventó el horario corrido. Es cosa del capitalismo, pienso yo. De trabajar más que descansar. Es cierto también que ya las distancias enormes, e irse a la casa, comer, dormir la siesta y volver al trabajo, es un problema.

Quizás, si nos pusiéramos de acuerdo, podríamos tener dentro del mismo trabajo diez minutos para relajarnos, dejar que el cuerpo y la mente se apacigüen y dormir una sabrosa siestecita. A nadie le caería mal. Y dicen los expertos que luego de un descanso hay más rendimiento. Pero con esta vida que llevamos, mejor dicho, que llevan muchos, no hay lugar para descansar ni aún en la noche. Es tanto lo que hay que hacer para llegar a fin de mes, que la gente no atina a dejar a un lado el ajetreo, y hasta sueña, mejor dicho tiene pesadillas, con lo que ha de hacer al día siguiente. La siesta es una herencia de nuestros colonizadores, pero hoy, ni ellos mismos la utilizan. ¡Es que el mundo ha cambiado tanto y no para bien de sus habitantes!Tener mi edad, estar jubilada, vivir en un vecindario tranquilo, donde sólo se escucha el canto de las aves desde la primavera hasta llegar el invierno, en un país donde el ruido es penado por la ley, es un regalo del cielo. Y escribo este artículo al despertarme de una breve y sustanciosa siesta, para envidia de algunos y recuerdo de muchos. Es que la vejez y el retiro tienen sus conveniencias y hay que saborearlas, como saboreo el café que me tomo en las mañanas y otro después de dormir mi siestecita. Cada día doy gracias a la vida por lo que me ha dado y lo que todavía me da. La vida es eso, pequeñeces y una siestecita en paz. La felicidad se forma de suaves momentitos y sabores gustosos. Constrúyela y gózala, que la vida son dos días y hay uno nublado.

Diario Libre Digital .Saudaces. 8 mayo 2010.