Viacrucis de un pueblo



Félix A. Mejía

Introducción
La luz y la sombra no pueden equipararse.

La noche y el día jamás han sido confundidos por un ciego. Nunca cruzo el espacio un cóndor en la noche; como tampoco hizo vida a pleno meridiano murciélago o lechuza.

Se es o no se es. Lo que es, jamás podrá dejar de ser. Lo que no es, jamás podrá llegar a ser.

Así, el cristal de roca siempre será una piedra blanca brillosa, jamás llegará a la categoría de diamante; lo mismo que éste, nunca dejará de ser diamante para ser cristal de roca.

Los hombres también tienen sus características, su constitución moral, que es sello inconfundible en su naturaleza y dicen de su calidad, de su valor intrínseco. De ahí que haya hombres de oro, por su excelencia; hombres de plomo por su ductibilidad.

Con relación a la fauna se pueden distinguir hombres águila; hombres reptil; hombres buey; hombres hiena…

Por eso, son muy distintos Harpago y Régulo; Marco Aurelio y Calígula; Pericles y Nerón. Entre unos y otros no cabe parangón. Cada uno es una asíntota frente al otro; jamás se tocarán en ningún punto. La historia, al dedicarles capítulos aparte, los ha consagrado tal cual fueron, no importa que Nerón se haya querido consagrar como artista y Calígula como divino.

Nunca ha sido considerado el papagayo como gente, ni ha pasado el murciélago por ave.

No son las pretensiones del hombre las que dicen de su obra; son los hechos consumados, en los cuales influye mucho el atavismo, lo que lo dicen todo. Debido a esto no sorprende que Cornelia diera a Roma dos hijos que se inmolaran por engrandecer a su patria; ni que Porcia, juzgándose indigna de su marido, al sospechar que éste tramaba algo y no la hacía partícipe de su secreto, se matara; ni que Aníbal y Alejando, aunque con propósitos distintos, siguieran las huellas de sus progenitores; lo mismo que un hijo de Barrabas no sorprendería con una vida de escarnio y de oprobio.

Cuando un hombre es de baja ralea, cuanto más haga a fin de pasar por superior, tanto más denota su inferioridad; más se denuncia a sí mismo, sobre todo si para ello se sirve de los siete pecados capitales.

Cuando se tiene pústula, por más que se apañe el enfermo y trate de ocultarla, la pestilencia siempre lo traiciona.

El veneno se denuncia por su efecto; no importa que se haya suministrado como panacea.

La Cobardía y el Servilismo han adorado a cosas como a divinidades; a monstruos como a dioses.

La sangre de las víctimas y el dolor de un pueblo entero han sido refrigerio para una bestia en forma de hombre, pero en realidad no han sido sino combustible para su aborrecimiento y maldición.

De los pueblos podría decirse otro tanto, ya que no son sino colectividades de hombres: Ellos tienen, lo mismo que éstos, sus características, su sello inconfundible. Así, Esparta y Roma fueron pueblos guerreros; Atenas fue un pueblo de artistas y malagradecido; España es un pueblo glorioso; Estados Unidos de Marcia es un pueblo imperialista y comerciante lata sensu; los pueblos de Hispanoamérica son levantiscos y convulsivos, aunque tiranizados con frecuencia, como lo es en la actualidad la bizarra y heroica República Dominicana, en forma nunca vista en ninguna parte ni época.

La tiranía es un producto o del miedo, o de la ignorancia o de la fiereza, o de esas tres cosas a la vez, como en nuestro caso.

Cuando un pueblo es tiranizado, los valores auténticos son anulados. El hombre probo, el hombre rectilíneo, es considerado como enemigo de la situación, y por ende, vejado, escarnecido o muerto, ya que no prodiga al Dueño el ditirambo de rigor y diario entre sus parias. Por el contrario, leganal clímax de una grandeza sui generis, los valores negativos; los hombres ulcerados moralmente; los fósiles intelectuales, los vacíos de toda virtud y los rellenos de todos los vicios.

Y es natural, la larva pulula en los pantanos, mientras el cisne prefiere aguas cristalinas.

Cuanto más reía es una dictadura, tanto más loadas es por los mercenarios del honor. La apreciación de éstos está en la razón inversa a la de los hombres que pueden llamarse tales. Estos protestan en la forma que es posible en tales circunstancias, por regla general el silencio, corriendo el riesgo consiguiente; aquellos aplauden a raja mano, reciñendo la gratificación correspondiente. Aquéllos salvan el honor del pueblo y son sus genuinos representantes; éstos son sus antítesis, su deshonra.

Que cada dominicano registre su conciencia y vea a qué bando de éstos pertenece. Mire si es cisne níveo o larva inmunda.

Víacrucis de un Pueblo. (Relato sinóptico de la tragedia dominicana bajo la férula de Trujillo). Colección de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos. Santo Domingo. Republica Dominicana. 1995.