San Cristóbal y Trujillo: hasta cuándo?


Efraín Castillo

Exposición en la mesa redonda "Trujillo y San Cristóbal", organizada por el periodista José Pimentel Muñoz y auspiciada por el Ayuntamiento de San Cristóbal, en el salón multiuso del parque Eugenio de Jesús Marcano, de San Cristóbal, el sábado 30 de mayo del 2009).

Si exceptuamos a Santo Domingo y Santiago, ninguna ciudad dominicana ha sido tan insertada en la historia dominicana como San Cristóbal. Y no lo expreso por el asunto de nuestra Constitución originaria, ni por ser la cuna de José María Cabral y otros héroes, ni por la falacia histórica que oculta la rebelión de Santa María, la primera sublevación negra de América -escenificada en esa Nigua donde se entrega al mar el río del mismo nombre que cruza San Cristóbal, luego de nutrirse del Yubazo-, ni por lo otro, tal como los registros que la señalan como refugio principal de los mulatos haitianos durante la violenta diáspora que siguió a la independencia haitiana, o como la marca geográfica que ostenta de ser la puerta del Sur dominicano.

Sin embargo, el grueso de los registros que señala a San Cristóbal como una de las tres ciudades dominicanas con más citas históricas se reduce a unas ínfimas cuartillas si se compara con los miles de folios escritos sobre Rafael Leónidas Trujillo Molina y su ciudad natal, en esta singladura de setenta años que abarcó su vida, por una parte, y los cuarenta y ocho que lo separan de su muerte.

Y, señores, ¿acaso no es esa extensa, extensísima distancia de ciento dieciocho años, un motivo suficiente para reparar el tratamiento y castigo inmerecidos que ha recibido San Cristóbal, a partir del 30 de Mayo del año 1961, la fecha en que Trujillo fue asesinado?

Porque aún con todas las inserciones de San Cristóbal en la historia dominicana, la bibliografía en donde se la menciona no la ha liberado de ser la responsable del nacimiento -bajo el abrigo de su fuero- de quien todos, absolutamente todos los dominicanos, llamaban El Jefe, y quien, sin ningún duda, ha sido uno de sus mejores hijos.

Pero, ¿qué significa ser el un buen hijo de un municipio? Para ser un buen hijo comunal bastaría sólo con integrarse plenamente y con fluidez a sus regulaciones, a sus principios, respetando y exaltando sus valores y su historia. Y si asociamos estas virtudes a lo que Trujillo construyó e inyectó a San Cristóbal, convirtiéndola, no sólo en la mejor ciudad del país durante su dilatado mandato, sino en una de las mejores municipalidades del Caribe, deberemos estar claros de que Trujillo fue un agradecido hijo de su lar, de su ciudad y, desde luego, del país.

Y la mejor muestra del agradecimiento de Trujillo por San Cristóbal, lo certifican los ensanchamientos de sus fronteras provinciales, la creación de empresas agroindustriales, tecnológicas, de moda y bebidas, tales como la armería, la fábrica de vidrio, la industria licorera La Altagracia, la industria de modas Miss América, los inmensos hatos ganaderos y sus laboratorios de experimentación genética de la Hacienda Fundación, la fábrica de papel de Villa Altagracia, los ingenios Haina y Catarey, entre otros, que hoy lloramos sus desapariciones y que han sepultado las esperanzas de resurgimiento de la provincia y este municipio. Y ahí están, también, las edificaciones, monumentos, avenidas y urbanizaciones que Trujillo construyó en su pueblo y el aumento de las jurisdicciones extraregionales, que fueron trasladadas, ex profeso, hacia la geografía provincial.Trujillo, tomando a San Cristóbal como un laboratorio social y antropológico, la pobló de inmigrantes europeos y de otras localidades nacionales con el fin, no de blanquear su estructura racial como muchos exponen, sino de potenciar las referencias culturales y, más que nada, de asentar un mestizaje que nos separara de Haití.

Como asentamientos culturales altamente beneficiosos para San Cristóbal, Trujillo instaló en la ciudad a comienzos del decenio de los 50's, el Instituto Politécnico Loyola, uno de los centros académicos y tecnológicos más avanzados de su tiempo y que tan buenos frutos ha aportado al país, así como la joya artística de su iglesia mayor, en cuyos paneles interiores se pueden contemplar hermosos murales de Vela Zanetti, amén de la instalación de un liceo musical altamente avanzado para su época. Sí, ahí está la San Cristóbal que Trujillo llenó de brillo y la que, cuarenta y ocho años atrás, la mayoría de los dominicanos deseaba aquilatar como suya y vivir en ella... y aquí está la San Cristóbal de hoy, cuya ruina y abandono lloramos cada día.



BIBLIOGRAFIA AVARA

La bibliografía que toca, que roza, que manosea a San Cristóbal a partir de la muerte de quien en vida llamamos El Jefe, ha sido constantemente avara con una memoria favorable a ese hombre, a ese gigante de la historia, posiblemente por plegarse a las exageraciones e hipérboles que, sobre su régimen, han venido glosándose y ha sido sumamente benigna y complaciente cuando lo evocado toca la arteria de la sangre, del dolor y de la desesperanza que ata el nacimiento del Jefe a su ciudad natal. Así, la historia tejida alrededor de San Cristóbal, a partir del asesinato de Trujillo ha tenido, por lo regular, una doble moral: por un lado, uno de sus pespuntes trata de situar la cronología citadina sancristobalense pre-Trujillo como la de mayor importancia de su vida municipal, superando todo el progreso tejido durante los treinta y un años de su régimen y echando a un lado la trascendencia de que el dictador había nacido en su fuero. En el otro borde de la tela, no obstante, se tratan de registrar como accidentes fortuitos los beneficios que le otorgó Trujillo a una ciudad, y a una provincia, que amó entrañablemente.

Por eso, es preciso rescatar, como lo patentó Ramón Puello Báez (Ramoncito, para todos los que lo queremos) en su libro Crónicas de San Cristóbal, esta provincia y su municipio cabecera, ocupando una región en donde convergen los mitos, las anécdotas y los actos heroicos y enclavada en el más fértil de los territorios nacionales debido a la abundancia de ríos -que hoy o se han secado, o se han convertido en arroyos-, playas, llanuras y montañas que la circundan, y que ha sido escenario, a veces por accidente y otras no, de epopeyas que se aproximan a lo insólito. No es de extrañar, entonces, que los mulatos haitianos que huían de los esclavos insurrectos por el odio de éstos hacia lo europeo, a comienzos del Siglo XIX, como los Silié, Leger, Boisard, Aliés, Renville, Minier, Montaux -hoy Montás-, Lachapelle, Coiscou, Duvergé, Chevalier y otros, hayan preferido establecerse en la geografía sancristobalense. Es preciso recordar que la Haití de finales del Siglo XVIII y comienzos del XIX, era la tacita de oro de las colonias francesas y San Cristóbal se benefició altamente de la impronta tecnológica que llegó con esa inmigración, como acaeció con los cultivos de cacao, café y otros rubros.

En Crónicas de San Cristóbal, Ramoncito Puello no evadió la apoyatura obtenida a través de la investigación oral -algo que podría ser un atajo para despistar a los odiadores de la provincia- y solidificó sus pesquisas con la investigación rigurosa de esos viejos documentos archivados en las buhardillas del olvido y que, desde los tiempos de Herodoto de Halicarnaso, han venido conformando la historia entre trampas, falsos protagonismos y amores insólitos. En el libro de Puello Báez hay, además, un profundo escrutinio entre los viejos textos que registran el proceso de fundación, adaptación y florecimiento de San Cristóbal, tales como San Cristóbal a través de la historia, de Pablo Barinas Coiscou; de San Cristóbal: sus raíces, evolución y destino, de Sócrates Barinas Coiscou, un sancristobalense que debería ser exaltado, ¡ya!, al olimpo de los hijos ilustres del municipio; de La Provincia de San Cristóbal: investigación socioeconómica, de Alberto (Chico) Despradel, de cuyo padre fui un gran amigo; de Armas y poder, de Domingo Lilón, donde se recuenta todo lo relativo a la inmigración húngara de los cuarenta y la instalación de La armería; y de San Cristóbal de antaño, de Emilio Rodríguez Demorizi. Asimismo, Ramoncito escarba en los rincones de la vieja burocracia nacional, apoyándose en un estudio epocal de la historia dominicana, como el affaire que lleva el título El Asunto Montás-Pimentel, que involucró durante décadas a dos distinguidas familias sancristobalenses y que Puello Báez reverdece en sus crónicas con el propósito manifiesto de que un arbitraje regido por lo histórico -pero más allá de lo circunstancial- se encargara de ventilar, apaciguando el odio alimentado por el tiempo. Este affaire, desde mi punto de vista, constituye uno de los tuétanos, uno de esos nudos que vitalizan y robustecen los libros que se internan en la historia y minimizan las anécdotas (siempre hiperbolizadas hacia el lado de la fábula) porque narra un hecho acaecido antes de la ascensión de Trujillo al poder y cuya presencia atravesó todo su régimen hasta el deceso de uno de sus protagonistas, después del 30 de Mayo de 1961.

HIJO GRANDE Y AGRADECIDO

Los que queremos firmemente a San Cristóbal y con ella a la provincia de la que es común cabecera, debemos luchar, definitivamente, para que el letargo que la paraliza se quiebre para siempre y que la sombra construida alrededor del fantasma de Trujillo, como esa maldita noción de que San Cristóbal no merece el respeto nacional por haber acunado al Jefe, sea echada por el suelo y la provincia toda grite a todo pulmón: ¡Que sí, que Trujillo nació en el corazón mismo de la ciudad, en ese Parque de Piedras Vivas que hoy se reconstruye y que debe convertirse en memoria, en fundamento de una verdad con la que se tiene que vivir y renacer, porque Trujillo, hizo -como el más agradecido de sus hijos- lo que nadie ha hecho para renovar, engrandecer y honrar esta olvidada ciudad del Sur! Un pueblo, para alcanzar ese peldaño que se llama respeto municipal, debe primero autocriticarse para llegar al autoconocimiento, que es la materia cívica que lo llevará hacia el posterior sentimiento de orgullo, pasión y alegría que posibilita su cohesión y su desarrollo, porque sino el abandono se lo tragará en los procesos de búsqueda inútil. El más claro ejemplo de este autoconocimiento lo demuestra Taiwán, que creció y se desarrolló bajo la sombra de Chan Kai-sek, un líder al que, aún hoy, admiran y respetan.Sí, San Cristóbal dejará de ser la Cenicienta del Sur cuando rescate para sí, para su fuero, para su propia historia, para su orgullo desnudo de traumas -pero no como un fantasma del mal, como un diablo maldecido por Dios, sino como a un hijo grande y agradecido- la figura de Rafael Leonidas Trujillo Molina.

¿Y es esto pedir demasiado?

A los que así opinan los remito a Ucrania, de donde era oriundo Atila, el más vilipendiado de los conquistadores históricos, exhortándolos a estudiar su nombre en ese país, o en Hungría -donde murió ese fiero e indomable conquistador eslavo, cuyos dominios se extinguieron por no haber preparado adecuadamente un sucesor-, países en los que su nombre es venerado. Los remito, asimismo, a Italia, al lugar donde nació Mussolini; o a la España de Franco; o a la Georgia de Stalin, donde sus nombres son respetados y exaltados como figuras legendarias, a pesar de haber manejado con mano dura, durísima, los países que dirigieron.ICONO MUNICIPAL

San Cristóbal debe sepultar para siempre la doble moral de exaltar por lo bajo el recuerdo de Trujillo y por lo alto maldecir su recuerdo; San Cristóbal tiene que vivir con la presencia de Trujillo como un icono municipal para no permitir que la ofendan, que la esquilmen, que la abandonen. San Cristóbal debe recuperarse, erguirse, levantarse de sus propias cenizas y sonreírle al futuro. Y estos encuentros pueden convertirse en altamente beneficiosos si sus resultados son publicados como folletos y distribuidos a los estudiantes de los grados secundarios, intermedios y universitarios de la provincia. Podemos estar seguros de que, a la larga, levantarán su orgullo y celebrarán la dicha de haber nacido en un municipio y provincia de tan extraordinarias magnitudes.

Entonces, mi pregunta de San Cristóbal, ¿hasta cuándo?, dejará de ser la utopía sangrante que acongoja mis recuerdos de un río Nigua bendecido por el Dios de las aguas, de una ciudad apacible por donde la trashumancia llenaba sus calles de prodigiosas vacas y donde el olor de las fábricas inundaba los cielos...

Pero, mientras tanto... ¡Oh, San Cristóbal!, ¿hasta cuándo?
Cortesía de Edwin Castillo. Poesia y Palo.