Las divas audaces



Diógenes Valdez

Recientemente he estado preguntándome ¿en qué reside la magia de las óperas?, porque desde hace tiempo se está escuchando el mismo repertorio y los melómanos cada vez se tornan más adictos.

He podido notar que una representación operática nunca es exactamente igual a la anterior y aunque intervengan los mismos cantantes, son ellos quienes en última instancia hacen la diferencia. Cada cantante lírico intenta ponerle un sello distintivo a su interpretación para distanciarse de cualquier otro belcantista, pues el éxito o el fracaso parece supeditado al virtuosismo de los intérpretes.

Otro factor que parece inyectar novedad a esta manifestación artística es la escenografía. Con frecuencia se nota que los montajes son cada vez más modernos y por tanto muy diferentes a los que había impuesto la tradición de este género musical.

Con grandes y pequeñas variantes la humanidad ha conocido los diversos dramas que han afectado a los habitantes de este planeta, los que después de todo no son demasiado, pues la totalidad de ellos giran alrededor de los llamados “temas fundamentales” o primarios, que son: el amor, el odio, la vida la muerte, y naturalmente, sus posibles combinaciones.

La novedad del género operático no se queda en lo ya citado, pues además del virtuosismo vocal, los intérpretes aportan algunas audacias histriónicas que convierten en más atractivas sus interpretaciones. En esta faceta se destacan de una manera especial algunas de las denominadas “prima donna”, a las que hemos denominado “divas audaces”.

Una de éstas es Natalie Dessay, para quien todos los argumentos operáticos (con excepción de la Manon, de Massenet), bordean la frontera del disparate. La maravillosa cantante francesa resulta demasiado radical en sus juicios, aunque lo cierto es que muchos libretos están para morirse de risa. En este renglón el gran premio debería llevárselo “La flauta mágica” de W. A. Mozart.

La Dessay, una mujer de pequeña estatura y muy menudita de carnes, pero en el escenario se crece de manera tal que parece una columna de las que todavía sostienen el Partenón ateniense. En la interpretación de la Manon de Massenet en el Gran Teatro del Liceo, de Barcelona, junto al tenor mexicano Rolando Villazón, en el segundo acto se introduce completamente desnuda en una bañera, velada por una sábana que deja transparentar, como si fuese una sombra chinesca, toda su anatomía. De una forma casi intencional Natalie Dessay permite que el público vea uno de sus senos pequeñitos. De alguna manera se las ingenia para hacerle creer a los espectadores, que ellos han visto más de lo que ella realmente enseña. Al término de esa escena el público se vuelve loco y aplaude a rabiar.

La primera de estas audacias la pudimos advertir en una grabación en vivo de la ópera Salomé, de Richard Strauss, con la cantante de color María Ewing en el rol principal. Al despojarse el último de los siete velos en la ya célebre danza del mismo nombre, la Ewing queda completamente desnuda en el escenario, y sigue cantando como si lo estuviese haciendo en el baño de su casa. La sorpresa de los espectadores es mayúscula y los aplausos, naturalmente estruendosos.

Una versión diferente de esa ópera es la que lleva a cabo en Viena, Catherine Malfitano, con Bryn Terfel como contraparte. La edad de la Malfitano no le permite las audacias corporales de la negra norteamericana, pero todo el tiempo que permanece en el escenario lo hace con una blusa transparente que permite apreciar, parafraseando uno de los pluralemas del desaparecido poeta Manuel Rueda, unos “senos bien redondos”. Las excelencias vocales de la Malfitano ponen por todo lo alto el personaje de Strauss.

En la “Thais” de Massenet, Eva Mei permite que el público aprecie su bien conservada figura, en especial sus piernas, logrando que el público olvide por un momento su hermoso timbre vocal. Durante todo el primer acto ella deja al aire uno de sus erguidos pechos, como para que todos se pregunten, ¿por qué uno y no los dos? Esta exhibición anatómica no le roba espectacularidad al montaje ni a la intérprete y al final la soprano es premiada con el más generoso de los aplausos y con muchos gritos de “¡brava, brava!”.

Sin un tal vez de por medio, Carmen, el personaje que se presta para la más desenfadada de las interpretaciones, que es lo que hace la diva puertorriqueña Julia Migenes. Desde el primer momento de su aparición en la producción de Francesco Rossi, ella deja todo el protagonismo a la heroína de Bizet, demostrando que escenográficamente es tan buena actriz como cantante y el elenco que la acompaña (Plácido Domingo y Ruggero Raimondi), habla muy bien de sus condiciones como vocalista. La Migenes pone todo su ardor de mujer latina en esta interpretación. Sus gestos son provocadores y bordean la frontera misma de la procacidad, pero sin ir más allá. Además, su voluptuosidad y su bien definida anatomía le permiten todas esas audacias corporales. Carmen, como personaje es una mujer mundana y la Migenes no siente ningún temor de penetrar a ese mundo, tanto que para identificarse plenamente con la cigarrera andaluza, hasta se deja crecer el vello axilar.

En una entrevista grabada que se titula “Anna Netrebko: the Woman”, la formidable soprano rusa narra sus experiencias, desde sus inicios en su natal Krasnodar, pasando por sus años de estudiante en el Consevatorio Kirov, en Saint Petersburg, concluyendo con actual su etapa como artista profesional. Ella confiesa su deseo hacer algo distinto a lo que han hecho otras divas en el escenario y como si una voz interior le hubiese preguntado “¿qué?”, se responde “hacer de stripper”. En esa misma entrevista la Netrebko realiza una interpretación del “aria de la luna” de la ópera Rusalka, de Dvorak, mostrando casi todos sus encantos (que son abundantes) y otros los deja intuir de manera tal que la imaginación no tiene que hacer demasiado esfuerzos para descubrirlos. Por su juventud y belleza la Netrebko parece destinada a incursionar en los terrenos del llamado “séptimo arte”. En el espectacular montaje de “La Traviata”, llevado a cabo en Salzburgo en 2005, con la Netrebko y Rolando Villazón en los roles estelares, en el segundo acto esta diva del momento aparece con un brevísimo vestuario, mostrando y a veces insinuando, su perfección anatómica.

Uno de los montajes operáticos más espectaculares es el que se lleva a cabo en la reinauguración del Teatro La Fenice, de Venecia. Para tal evento también se eligió “La Traviata”, con Patricia Ciofi como personaje principal. La espectacularidad del montaje no estuvo sólo en las interpretaciones. La escenografía también hizo su aporte y la Ciofi, que es tan buena actriz como cantante, en el primer acto aparece vestida con aquellas prendas íntimas que los franceses denominan “lingerie”. Otra novedad bastante audaz por cierto, es que la ultima fiesta a la que convida Flora Bervois (acto III), se lleva a cabo en una discoteca y en vez de gitanos danzan “stripper” de ambos sexos, por cierto en ropas muy escasas y sugerentes.

La última de estas audacias ocurre en “Moisés y Aaron” de Arnold Schönberg, una ópera de difícil asimilación por la modernidad de su música como por los simbolos que intervienen en ella: Aaron, por ejemplo, en vez de una vara, tiene en las manos un lápiz enorme. En el último de los actos, frente a una alegoría del becerro de oro (Schönberg utiliza una vaca de yeso con diversos graffities escritos en su lomo), al inicio de una bacanal sangrienta, cuatro vestales aparecen desnudas. Esto traza la pauta para que el pueblo las imite y proceda en consecuencia a despojarse de toda vestimenta.