RAMON MESA Premio Nacional de Cultura (Renglón Desarrollo Cultural)


El pasado 31 de enero le fue otorgado el Premio Nacional de la Juventud 2010 a Ramón Aníbal Mesa en el Renglón Desarrollo Cultural, por el cual optaron jóvenes de todas las provincias del país y donde sobresalió Ramón Aníbal Mesa Pineda, por su amplia trayectoria y sus aportes al desarrollo cultural en la provincia San Cristóbal.

La premiación se llevó a cabo en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, en un magno evento que procuraba premiar lo mejor de la juventud de nuestro país en los renglones Mérito Estudiantil, Liderazgo Político, Liderazgo Religioso, Desarrollo Cultural, Desarrollo Comunitario, Cultura de Paz, entre otros. El reconocimiento al Desarrollo Cultural fue entregado por el Poeta Dominicano y Premio Nacional de Literatura, Mateo Morrison.

La Fundación Literaria Aníbal Montaño agradece a las instituciones y personalidades que propusieron a Ramón Aníbal Mesa a dicha premiación, en especial a la Ingeniera Sagrario De la Rosa, Directora Regional de la Juventud, por su empeño en que San Cristóbal resultase ganadora de tan importante premiación.

Ramón Mesa dedica este premio a los niños y niñas integrantes de los Talleres Literarios de MI BARRIO EN LETRAS, al pueblo de San Cristóbal, y a los jóvenes miembros de la Fundación Literaria Aníbal Montaño que día a día se esfuerzan por desarrollarse y desarrollar la cultura en la provincia de San Cristóbal.

CUENTO
Los Muertos No Salen

Los muertos no salen, dice Mamá. Me golpea y me manda a acostar. Ella dice que soy una mentirosa y que siempre estoy inventando. Regreso a mi cuarto gimiendo y me meto entre las sábanas como mi último refugio. Me arropo de pies a cabeza a llorar mi miedo. Mamá dice que no duerme con muchacho, sólo duerme con su mario. Se pone furiosa cuando yo quiero refugiarme en sus brazos porque le tengo miedo a la oscuridad, a las sombras. A veces no puedo dormir porque si me duermo siento que Papá me aprensa. En el barrio dicen que Papá no deja dormir a la gente, que su alma no encuentra sosiego. Pobre mi Papá, dicen los vecinos, ni después de suicidarse los cuernos lo dejan en paz. Yo no me atrevo a preguntar qué es eso de los cuernos porque Mamá se encojona. Mejor me arropo de pies a cabeza donde tiemblo y sudo, más de miedo que de calor, pero cuando el miedo se mete entre mis sábanas y luego entre mis huesos, salgo dando gritos hasta el cuarto de Mamá y la encuentro toda encuerada y despeinada, sudorosa, y me grita: muchachelcoño no te he dicho que no me entre al cuarto cuando toy acotá. ¡E´que tuereloca¡ Y me arrastra por los moños después de abofetearme: “No sea tan pendeja. Los muertos no salen”. Con el tiempo he tenido que acostumbrarme. Ahora siento que Papá no me aprensa, sólo viene y se acuesta a mi lado para espantarme la soledad y la tristeza. Mamá dice que estoy loca porque cuando no estoy llorando me paso la noche hablando sola. Papá no me hace daño, él me quiere mucho. Yo no sé por qué la gente dice que Papá no las deja dormir. Él ya no me da miedo, ahora quien me da mucho miedo, es el marío de Mamá que no deja de mirarme desde que se me empezaron a hinchar los pezones. Un día entró a mi cuarto y me hizo hacerle malafrecura, después me di cuenta que eso es abusar de una, y cuando se lo dije a Mamá me golpeó hasta sangrar y me amenazó con matarme si volvía a mentir. “¡condená!” Mamá no coge corte, dice que yo siempre estoy inventando cosas. Los muertos son buenos, no como el marío de Mamá que me obliga ha hacer cosas y me engaña diciéndome que no me va a doler. Los muertos son cariñosos y siempre están con una cuando una se deprime y nadie la quiere en el mundo. Hace varios días que me tomé el trepasito y no he podido levantarme. ¡No importa! Aquí no es como en el barrio, pero ya me acostumbré a estarme quieta tumbada en mi cama. Me imagino que el sabor a tierra pasa con el tiempo. Ahora lo que me da mucho miedo es que Papá no venga. Papáaaahhh!

POEMA

HAY LADRIDOS que se ahogan en la cuenca de mis manos, ladridos que se extienden por el barrio callearriba y calleabajo hasta confundirse con el gris del cielo, ladridos que se arrastran por las paredes, que ruedan por el zinc y caen sobre mi cama, fríos, como goteras. Es que éstos ladridos son tan míos que ya no tienen noches, ni perros, y se han quedado adheridos al silencio como insecto que bebe la sangre de mis pensamientos. Hay ladridos por todas partes, ladridos que me habitan desde la infancia, que filtran en la noche su blando murmullo de cosas sin nombres. Hay ladridos mordiendo los rincones oscuros de este silencio que duele, como cuando amas a una mujer que te ama y te deja. Hay ladridos aquí dentro que echan raíces y florecen mientras me asecha el sueño y en el reloj palpita la medianoche. Hay ladridos rebotando entre dos miedos, el mío y el de Dios.