Las enfermedades juveniles de la literatura



Diógenes Valdez

La palabra “joven” utilizada para calificar a una determinada literatura, resulta en ocasiones, bastante conflictiva, porque a veces esa juventud no se encuentra en la edad del autor, sino en el tiempo que lleva ejerciendo tan apasionante labor, y en el mejor de los casos, en la novedad con que se aborda determinado problema narrativo. Es harto conocido que la literatura está compuesta por ideas y que ésta se manifiesta por medio de la palabrasa escrita, aunque esto último no es rigurosamente cierto, porque existe una literatura que es al mismo tiempo una tradición oral, entonces, el asunto de la juventud dentro de la literatura no sólo es cronológico, sino también un asunto de novedad dentro de la misma.

Es bueno hacer hincapié en el asunto de la forma, porque desde hace mucho tiempo se tiene establecido que dentro de lo formal sólo existen cuatro grandes temas; a saber: el Amor, la Vida, la Muerte y el Odio, con sus respectivas variantes.

Aun siendo joven cronológicamente, un escritor puede ser viejo si la manera de expresarse es anacrónica. En lo primero que tal autor debe estar consciente, es que “saber escribir” es un asunto muy diferente a “saber narrar”, que existen escritores de gran abolengo, con un gran dominio de la palabra, que no son sin embargo, notables “narradores”. A éstos les cabe más bien el calificativo de “intelectuales”.

El intelectual es aquel que sabe todo (o casi todo) desde el punto de vista académico. Resulta, por lo regular, ser un gran exponente desde la cátedra pública, ya sea ésta dentro de un aula o a través de un artículo periodístico, pero en el momento de construir un texto narrativo, la materia — es decir, las palabras— se le resiste.

No sucede lo mismo con aquél que es un narrador, quien sin ser un teórico, domina sin embargo las leyes de la construcción literaria. Este sabe escoger las palabras adecuadas de acuerdo con el escenario donde se desarrolla la acción literaria, hace hablar a sus personajes, no como lo haría él, sino como lo harían los iguales a los personajes en cuestión y de acuerdo siempre a la condición social de los mismos, porque no han de expresarse de igual manera “la dueña de la casa” y “la criada”. Inclusive, es este ejemplo tomado al azar, hay un imperativo que obliga de manera tal a uno de dichos personajes, a comprender el estado de subordinación de uno con respecto al otro y, a actuar en consecuencia.

En mis manos tengo un manuscrito de una joven que desea iniciarse por los duros senderos de la narración y desea hacerlo con un género de madurez como es la novela. He intentado hacerle notar algunas inconveniencias, pero como joven al fin, es rebelde y se resiste. Pienso ahora en una expresión que utilizan los brasileños y que contiene una verdad tan grande como el monte Everest. La expresión a la que hago referencia es la siguiente: “si los consejos sirvieran para algo, nadie los diera gratis”.

Veo sin embargo en estos manuscritos, “un talento en ciernes” y pienso que todo primer intento narrativo es un acto de juventud. Quienes ya hemos tropezado bastante, debemos hacer un alto y señalarle a quienes vienen detrás los obstáculos. En cierto modo me veo en los inicios de una carrera que está todavía muy lejos de la meta, porque además de ser “una carrera de relevos”, la literatura es también una competencia de larga distancia, en la cual el principal contrincante resulta ser uno mismo. Me veo dominado por una gran ambición, en aquella en la que pensaba que bastaba con tener imaginación y dominar la leyes de la gramática para poder ser un escritor.
En los escritos de esta joven escritora, la veo eligiendo los escenarios donde deben actuar sus personajes, mientras más exóticos mejor, olvidando que siempre habrá un lector que reconocerá lo falso de aquella geografía narrativa, ya que el autor (o la autora), conoce poco o nada de dicho medio.

La fascinación por escenarios desconocidos es uno de los grandes pecados capitales de los escritores que se inician. Entre muchos jóvenes existe la tendencia inexplicable de ubicar a los actores de un drama literario en aquellos territorios donde alguna vez nos hubiese agradado vivir. Más que una tendencia, ésto se convierte en ocasiones en una tentación irresistible. Serán el tiempo, las muchas lecturas y los todavía más manuscritos rotos o quemados, los que nos devolverán a la realidad y se encargarán de vacunarnos contra esta juvenil enfermedad de la literatura. En un alto porcentaje (y sucede con el maquinuscrito que tengo delante de los ojos), que París lleva la delantera en cuanto la elección de escenarios exóticos.

Otro desliz muy común entre los que se inician, sobre todo cuando son del sexo femenino, es elegir como personajes a “príncipes, princesa, duques, condes, duquesas, etc., y hasta piratas” y toda esa pléyade de seres de excepción que casi sólo existen en las novelas rosas, olvidando aquella profecía del fallecido Farouk, monarca de Egipto, de “que llegaría el momento en que el mundo sólo habrían cinco reyes, y cuatro de ellos se encontrarían dentro de las barajas”, sencillamente por que las monarquías no son más que un símbolo de un anacronismo epocal.

En el texto que analizo, no tengo aristócratas de sangre azul, pero en cambio, tengo un pirata. Me resulta evidente que la televisión y el cine han influido bastante en mi amiga y me quedan pocas dudas de que el filme “Piratas del Caribe” ha deja su imprompta en la siquis de esta novel escritora.

Después de la promoción que Hemingway le hiciera a la Ciudad Luz por medio de su magnífica novela “París era una fiesta”, no debe resultar extraño que cualquier persona que hubiese leído tal obra no quisiera permanecer en esa fabulosa ciudad por lo menos un tiempo. Pero aún no estando allí, no podemos sustraernos a su influencia, porque París es el centro de la moda, de allá nos llegan los más finos perfumes y la más elaborada cosmetología. En París está el río más romántico del mundo, está Notre Dâme, Sacre Coeur, Mont Martre, Les Champs Elysées, Les Invalides, Le Etôile, Beaubourg, La Defense, Le Louvre y mil una cosas maravillosas más, sin descontar que la famosa novela El Código da Vinci, de Dan Brown tiene, al igual que la obra de mi joven escritora, su principal escenario.

A estas alturas vale la pena reparar en los personajes. No resultaría extraño que siendo París el escenario donde se desarrollan las acciones de esta novela —que de paso todavía no tiene una trama definida—, dichos personajes tengan nombres franceses (Etienne, Cosette, Claire, Sofie, etc.), pero lamentablemente ellos, de franceses sólo tienen los nombres.

Se dice, y parece que es una verdad de perogrullo, que cada pueblo tiene una particular idiosincracia. Los habitantes de dichos pueblos tendrán, por supuesto, un comportamiento que habrá de caracterizarlos. Un norteamericano no se comportará ante una situación determinada de la misma manera que lo haría un italiano y lo mismo se podría decir de un español, un inglés o un noruego. Idéntico sucede con un ciudadano francés, pero para saber cómo es su comportamiento hay que convivir con él en su medio natural. Si esta situación no está presente, cualquier caracterización resulta no solamente falsa, sino que se hace “evidentemente falsa”.

Ante todos estos inconvenientes, resulta necesario entonces, que la trama sea realmente vigorosa para que la atención del lector se concentre en la misma y se diluyan los detalles nimios e incongruentes y más que talento, el narrador debe poseer destrezas. Tanto en literatura como en muchos otros órdenes de la vida, se dice que “cada maestro tiene su librito”, es decir, una manera particular de aplicar las técnicas inherentes a cada materia. En el acto de narrar esto es cierto y un poquito más, porque dependiendo del asunto que se debe contar, el narrador puede, y con bastante frecuencia lo hace, tomarse algunas licencias que le conceder novedad a la materia narrada. La técnica siempre será la misma, pero la manera de aplicarla difiere (o podría diferir, de un escritor a otro.

En lo particular sé, por experiencias propias y ajenas, que una novela no está compuesta sólo por las vivencias del personaje principal. Que dentro de un texto narrativo hay tantas historias como personajes intervengan en el mismo, que el autor decide no contarlas, es otra cosa. Lo mismo que en la vida real, los personajes en una novela nunca están solos y alrededor de ellos, como si fuesen un astro, girarán otras vidas que, en algún momento invadirán o tocarán tangencialmente sus trayectorias.

Para no hacer demasiado extensas estas reflexiones, quisiera resumir:

El escritor que se inicia, en el momento de escribir un texto de imaginación, debe partir de una historia conocida a la perfección. Debe asimismo conocer o dominar el escenario donde se mueven sus personajes. Para una mayor credibilidad, dentro de su acervo cultural, debe conocer el comportamiento de dichos personajes de acuerdo a su condición social. La historia debería ser contada en una forma tal, que pareciera que el autor se la estuviera relatando al alguien conocido o muy cercano a él, utilizando las mismas palabras de su cotidianidad.

La manera de hablar de los personajes debe corresponder a la de su clases social y naturalmente, a su nivel cultural.